Pepe e a Vespa Velutina

El Relato

La Casa de Galatán, una edificación de principios del S. XVIII contruida por terratenientes, es hoy el epicentro de un escenario nostálgico e incomunicado. Su nombre denomina al propio lugar y de las casas que lo conforman, la chimenea de Galatán es la única que todavía respira.

Las imágenes de la zona y la vivienda (interiores y exteriores) evidencian un estado de continua soledad. Las 3,5 hectáreas que configuran el hogar se presentan completamente deshabitadas y nada parece alterar la perfecta harmonía entre un paisaje rural copado de vegetación y el sonido de la calma. Durante unos segundos, nada ocurre. No obstante, sin aviso previo, una robusta labrador entra en escena. Exaltada por el reclamo de una llamada, seguimos a Rufa en su vertiginoso recorrido. La perra conquista el protagonismo de la imagen hasta que se detiene. Alza la vista (que también es la nuestra) y revela la presencia de un nuevo personaje. Con gesto firme y rutinario, un anciano afila un hacha en una rueda de piedra. 

Pepe es el dueño de la Casa de Galatán. Consciente de que su soledad se ha visto interrumpida, acaricia a Rufa y abandona su tarea. Con la dificultad lógica de quien abraza los 90 años, hacha en mano, Pepe se dirige a cortar la leña que calentará la cocina durante la semana. Un par de certeros “hachazos” y el cansancio le obliga a interrumpir la faena. Hay quehaceres que cada día se hacen más complicados. Aun así, resignarse a la apatía de la vejez nunca ha sido una opción. Acompañamos a Pepe por los exteriores de la casa. Su figura camina sola. 

El verdor de un vasto y cuidado prado amortigua los pasos del anciano. En el gallinero, antes integrado en un dinámico corral, Pepe recoge los huevos que han puesto sus gallinas. Con delicadeza, los deposita uno a uno en una huevera rosada. En la cubierta del envase se observan unas curiosas marcas de conteo hechas a lápiz. Vuelve sobre sus pasos.

En el camino lógico a la vivienda, Pepe se desvía. Debe revisar el estado de su colmena. Atraviesa el sendero que discurre entre un hórreo de seis metros de largo y la centenaria fuente de la que tantas generaciones han disfrutado. En la ventana de un viejo molino de agua, atrofiado por 60 años de inactividad, descansa el último enjambre de la Casa de Galatán. Y en su entrada, inertes y mutiladas, cinco abejas monopolizan el poder de la escena. La firmeza expresiva del anciano se maquilla de ira. Retira los cadáveres y se va.

Carlos Sobera ambienta una de las seis entradas a la vivienda: la cocina del casero, hoy reconvertida en el “cuarto de la televisión”. La voz del presentador vizcaíno musicaliza una presencia que desconocemos. Pepe no vive sólo, la televisión encendida lo evidencia. Aun así, no existe diálogo. Nuestro protagonista, portando todavía la huevera, atraviesa el habitáculo y se adentra en la cocina. Guarda los huevos en uno de los muebles laterales y se acomoda en la mesa central que domina el escenario. Sobre ella reposan dos botellas de agua vacías, un embudo, una bock damn (cerveza negra), un jugo de arándanos y un frasco de alcohol etílico. Empieza a fabricar algo con estos ingredientes. 

Durante la confección del artefacto desconocido, el sonido de una puerta que se resiste anuncia una nueva presencia. Xabier, hijo de Pepe, entra en escena. Trae consigo la compra de toda la semana. Mientras la almacena en los dos muebles de la cocina, no evita interpelar a su padre sobre la tarea que concentra todos sus esfuerzos: la trampa. Xabier se despide recordando que “David vendrá a las cuatro”. 

De nuevo en el exterior, pasando el sendero que conduce a la colmena, tres camelios color escarlata abrigan un banco de metal. En el árbol con más flores, Pepe cuelga la trampa que ha preparado. Mira su reloj, son casi las cuatro. 

El portón principal de la Casa de Galatán se alza unos tres metros sobre el suelo. Oculta una entrada de contrastes, dónde el negro de un versátil alpendre introduce un espacio abierto, cálido y repleto de tonalidades. Salvo el domingo, permanece cerrado. En su exterior hay un coche aparcado. 

La figura de Pepe ya no camina sola. Con David, su experto acompañante, recorre los terrenos más alejados de la vivienda. Están buscando el nido de una avispa, la asiática. Desde hace tiempo esta especie diezma las últimas abejas de Galatán. La búsqueda finaliza sin aparente éxito. Pepe y David se despiden. 

Los camelios color escarlata continúan en su sitio. Y la trampa de Pepe, también. El anciano bucea en su interior explorando la presencia de alguna avispa asiática que haya sucumbido al “cebo”. Nada. No hay botín. Ira y decepción se funden en el rostro de Pepe. Puede que su colmena esté siendo atacada. 

Desde la puerta del molino, mirando a su lúgubre interior, se advierte con nitidez la cara trasera de la colmena. Ahí está Pepe, asomado a la ventana dónde una batalla está a punto de comenzar. El anciano se prepara. Ignora la protección de dos trajes de apicultor que cuelgan del techo y espátula en mano, bautizada con veneno, se sitúa detrás de la colmena. Tres segundos y una explosión de zumbidos y golpes domina la escena. Pepe está defendiendo a sus abejas del ataque de un grupo de velutinas. Con cada avispa que mata, el viejo marca una línea vertical sobre una huevera vacía. Contabiliza sus víctimas. 

La omnipresente calma ha desaparecido y la acción parece no tener fin. Sin embargo, una vez más, el sobresalto de la labrador interrumpe la escena. Alguien ha llegado a la Casa de Galatán

El “culo sucio” siempre ha dominado los domingos en familia. Xalo y Celia, de 4 y 6 años, desafían la fortuna de su abuelo en este juego de cartas. Quién saque el uno de oros habrá perdido. Pepe se entretiene con sus nietos y su alegría traspasa la pantalla. Ofrece una tregua a la avispa asiática. 

Anochece en la Casa de Galatán. Se anuncia el final del domingo. La familia se va y un vacío rutinario usurpa el exterior de la vivienda. Palabras de despedida ambientan un plano que ya conocemos. Desde el alpendre, durante unos segundos, observamos la quietud del escenario. La perspectiva es perfecta. 

Con la mirada fija, captamos el verdor del vasto y cuidado prado, la parte frontal de la casa, el hórreo, la fuente y el sendero que conduce a la colmena. Nada se mueve, parece un cuadro. No obstante, sin predecirlo, Pepe se inserta en el lienzo. Atraviesa el sendero y se detiene frente a los camelios color escarlata. Recoge la trampa y, por última vez, comprueba su interior. En el fondo, diez velutinas flotan sin vida. Vacía el artefacto, separa las avispas y se las lleva. 

Pepe no sólo cuantifica sus víctimas, también las almacena. Sobre un montón de cientos de avispas deposita las diez velutinas que acaba de capturar. 

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